—Porque todos los cuentos necesitan un punto de vista externo para no volverse locos —dijo la bruja, lanzándole un calcetín de rayas—. Tu trabajo es simple: no intentes entender el "porqué". Aquí las cosas no pasan porque tengan sentido, pasan porque son hermosas, terribles o rítmicas.
Decidió ir a la izquierda. El orden parecía un refugio seguro para una mente racional.
Caminó por un sendero que parecía hecho de azúcar glass, evitando mirar demasiado a los árboles, que cuchicheaban sobre su peinado. Pronto llegó a un cruce donde un cartel indicaba: "A la derecha: El Lobo que se cree Abuela. A la izquierda: La Bruja que solo quiere que le ordenen la despensa. Recto: El Castillo de Cristal (Cuidado con los pies descalzos)" . Una novata en un cuento de hadas
Esa tarde, Elara no luchó contra dragones ni besó a príncipes dormidos. Simplemente ayudó a una bruja a emparejar calcetines que viajaban entre dimensiones y aprendió que, en un cuento de hadas, el mayor acto de valentía es dejar de intentar tener la razón.
Cuando el sol (que era una moneda de oro gigante) comenzó a ocultarse, Elara se dio cuenta de que sus botas de caucho ahora brillaban con un polvo plateado. Ya no era una extraña. Era parte de la narrativa, la nota a pie de página que hacía que todo el resto tuviera, mágicamente, un poco menos de sentido. —Porque todos los cuentos necesitan un punto de
Elara tragó saliva. Su guía de supervivencia (que consistía básicamente en recuerdos borrosos de los hermanos Grimm) no la había preparado para la hostilidad pasivo-agresiva de la flora y fauna local.
¿Te gustaría que de Elara o prefieres explorar cómo es el Castillo de Cristal ? Decidió ir a la izquierda
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática.